lunes, 11 de julio de 2016

Hermanos, ¿hacemos diferencias?


Cuando nació mi primer hija, me regalaron un libro sobre maternidad y familia de Laura Gutman. Me acuerdo, especialmente, de una anécdota que ella contaba respecto de una experiencia de un paciente. Se trataba de un hombre que, cada vez que su hijo mayor molestaba a su hijo menor, estallaba sobre el primero con bronca y violencia (verbal, al menos). Un día, en terapia, reprodujo una discusión familiar en la que él terminaba gritándole a su primogénito algo así: "¡No sabés lo que pasaba en mi casa si yo osaba hacerle algo a mi hermanito!". Y así, el pobre hombre, se daba cuenta del esquema familiar que estaba reproduciendo: él era ahora con su hijo mayor como una vez había sido su padre con él. 

Cuántas veces nos habrá pasado de reconocernos en nuestros propios padres en la crianza de nuestros hijos. Y, claro, ellos también hicieron lo que pudieron. Pero está bueno darse cuenta, rescatar los buenos modelos y dejar de lado aquellos no tan buenos. Por ejemplo: es común que las familias etiqueten a sus integrantes. Es fácil hacerlo y contribuye a darle identidad y un lugar en el grupo a cada miembro. Así, por ejemplo, tradicionalmente las mamás siempre compararon al segundo hijo con el primero. "Juancito es un vago en el colegio, nada que ver con Pedrito, que siempre es tan aplicado". Y sí, pobre Juancito, ya entendió que si su hermano mayor es el aplicado, a él le toca el papel del vago. Y así lo será siempre. Mamá y papá, los queremos mucho, pero aquí se equivocaron: no le hacen ningún favor al segundo hijo al ponerle a su hermano mayor como modelo de referencia. Si Pedrito hace blanco, Juancito sólo querrá hacer negro.

En suma: ni el modelo del hermano mayor imbatible, ni el modelo del hermano menor sobreprotegido por ser "el chiquito" le hacen bien a los chicos, ni para moldear su identidad ni para relacionarse con su/sus hermano/s. Sólo generan competencia y resentimiento. Sin embargo, tampoco podemos pretender que dos hermanos sean exactamente iguales. Entonces, nuestra relación tampoco puede ser idéntica con cada uno de ellos. Pedrito puede querer ir a fútbol, taekwondo y ajedrez, y Juancito puede no querer nada de eso. A Pedrito tal vez le encante acompañar a papá a la cancha, pero a Juancito no, entonces habrá que acercarse a Juancito y ver qué otras actividades son de su interés y pueda compartir con papá. Cada uno irá desarrollando su personalidad y en función de eso establecerá una relación particular con nosotros, los grandes. Es bueno darles iguales oportunidades, siempre respetando sus singularidades. 

El asunto es complejo, delicado y uno siempre tiene dudas y comete errores. ¿Intervengo en sus discusiones o los dejo resolver solos? ¿Hago de juez y mediador, o mejor me aparto? ¿Reté por demás al más grande simplemente por ser eso, el más grande? ¿Lo hice responsable sólo porque tiene dos años más que el otro? ¿Estoy protegiendo por demás al más chico, como si aún fuera un bebé? La de la injusticia es una línea muy fina y delicada y es muy fácil cruzarla, a veces sin darnos cuenta y sin malas intenciones. Creo que, más que impartir dictámenes respecto de quién tiene o no la razón, nuestro rol como padres es hacerlos reflexionar a cada paso sobre lo valioso que es tener un hermano, alguien en quien confiar y apoyarse para toda la vida. Ya lo dijo un viejo y conocido gaucho, nuestro querido Martín Fierro:

Los hermanos sean unidos
Porque esa es la ley primera
Tengan unión verdadera
En cualquier tiempo que sea
Porque si entre ellos se pelean
Los devoran los de afuera.

Y si alguno pregunta: "Papá, mamá, ¿a quién quieren más?", les dejo una vieja respuesta de mi abuela Anna, aprendida allá lejos y hace tiempo en su Rusia natal. "De tus cinco deditos -decía mostrando una mano-, ¿a cuál querrías cortar? A ninguno: todos son distintos pero necesarios, y los querés a todos por igual".

sábado, 2 de julio de 2016

¿Es así o no es así? Reflexiones sobre cómo les enseñamos (mal) con el ejemplo


Un lector me pidió que contara el trayecto que hacemos diariamente con las nenas al jardín. Imagino que habrá pensado en un retrato idílico. Hoy lo voy a contar, pero lejos estamos de la escena de película. Es verdad que cada día es inolvidable, pero miren cómo son.

Salimos de casa y apenas ellas ponen un pie en la vereda mis palabras son "¡Cuidado no pisen cacaaa!". Sí, salir a mi vereda es como salir a un campo minado. Hay que andar con cautela, saltando de baldosa en baldosa, aquí sí, aquí no, cuidado, cuidado... Si hay que subir al auto, la proeza es aún mayor, porque habrá que estirarse mientras estás cargando los bolsos y con la bebé a upa, para poder llegar hasta la puerta del coche, sentar a la nena en la sillita, haciendo equilibrio sobre un pie porque cerca de los arbolitos lo más probable que cualquier pisada sea en falso y tengamos que volver a casa a lavar el zapato. ¡¡¡Y no me vengan con eso de que trae suerte!!!

Con la mayor, el recorrido es generalmente a pie hacia la escuela. Así que andamos zigzagueando los regalitos de los canes del barrio, que ya no son educados como los de antes que te los dejaban sólo en la zona de pasto. A veces es imposible esquivarlos -no exagero, están literalmente restregados por toda la vereda, tras haber sido una y otra vez pisoteados (perdón que insista, ya les dio asco)- entonces optamos por cruzar la calle en la mitad de la cuadra, a pesar de que sé que hay que mostrarles que se cruza por la esquina. Las dos cuadras que siguen hacia el colegio, por la calle principal, es también un ejercicio de rayuela. Pero como la vereda es más ancha podemos hacerlo más relajadas, cantando a veces, o jugando a echar humo por la boca los días de mucho frío. Pero siempre en guardia, con la mirada al piso. 

A la vuelta, en cambio, volvemos dando la vuelta a la manzana por el otro lado. Ahí generalmente voy con el cochecito de bebé y la tarea se vuelve más ardua. No sólo porque algunos popós y veredas en mal estado me obligan a poner el cochecito en dos patas, haciendo una proeza al mejor estilo Hot Wheels. También porque hay autos estacionados sobre la vereda, que no dejan paso suficiente y tengo que bajar del cordón y seguir el recorrido por la calle. Llegamos a la esquina, ya dejando el colegio una cuadra atrás, y resulta casi imposible cruzar al otro lado. Los autos pasan en fila y a gran velocidad. Es kamikaze asomar la punta del cochecito para ver si alguno osará frenar. Mejor esperar largos minutos. Hasta que se arma embotellamiento, los autos paran obligados por otros autos, y uno puede meterse entre los huecos hasta llegar sano y salvo a la otra orilla. Es que el conductor es un ser inconmovible, no se apiada ni aunque te vea con una mano en el carrito, la nena en la otra, cargada con mochilas, ni hasta cuando vas con todo eso más el paraguas. Nunca, jamás. 

A veces, llegando a casa, las nenas se entretienen con la plaza, que está justo al lado de donde vivimos. Ellas pasan un buen rato, mientras yo me encomiendo a recoger objetos diversos para arrojar al tacho de basura. En la arena hay vidrios de todos los tamaños, imposible dejarles usar el balde y la palita. Y por el piso, bandejas plásticas, cubiertos descartables, papeles de esos que usan las rotiserías para envolver y otros tantos deshechos que se puedan dejar después de un almuerzo. Son de los chicos del mismo colegio al que va mi hija, pero no los de sala de cinco sino los grandulones de secundaria, que parece que se llevaron a marzo las reglas básicas de limpieza y convivencia.

Ésas son nuestras proezas diarias en los pocos momentos en que estamos por las calles del barrio. No me gusta que las nenas vean que para nosotros son "naturales" muchas de estas situaciones. Los chicos son una esponja y aprenden todo lo que ven. Me niego a que mis hijas crean que está bien dejar la plaza sucia. Que es normal que los autos tengan prioridad de paso sobre los peatones, imponiendo la ley del más fuerte. Que no importa si obstruimos el paso de veredas, rampas o sendas peatonales con nuestros vehículos, sin importar que las necesiten especialmente las mamás con bebés y los discapacitados. O que los perros pueden hacer caca donde quieran mientras sus dueños miran para otro lado. 

¿Cómo enseñarles, entonces, el respeto por el prójimo, si ven a diario que los adultos, en sociedad, nos comportamos irrespetuosamente? Y -¡por favor, argentinos!- no seamos soberbios y nos consolemos con un dudoso "esto pasa en todo el mundo". Así como sabemos que en la Argentina no hay menos pobres que en Alemania -como alguna vez nos quiso enseñar una presi-, también sabemos que todo esto no es "normal" en otras partes del planeta. Quien haya viajado alguna vez a algún país europeo (con excepción de Italia y España -de ahí venimos, diría mi abuela-), sabe que puede haber grandes diferencias. Que los autos frenan media cuadra antes con sólo ver que hay un peatón en la esquina, incluso antes de que éste ponga un pie en el pavimento. Que las plazas y calles son limpias, porque se penaliza duramente el ensuciar la vía púbica. Que la vida en sociedad puede ser diferente, algo menos parecido a una selva y al ¡sálvese quien pueda! No nos resignemos. Nuestros chicos son el futuro y al mismo tiempo nuestro fiel espejo. Entonces empecemos a enseñarles (bien) con el ejemplo.

domingo, 26 de junio de 2016

Vacaciones de invier-nooooo!!!!!!!!!!!!


Se acercan. Falta poco. Ya habría que ir programando qué hacer con ellas. Sí, son las vacaciones de invierno. 

En este tema hay posiciones bien diferenciadas: están las mamás que aman las vacaciones, proyectan un itinerario día por día, se convierten en guías turísticas de la ciudad durante quince días. Son las mamás que generalmente están con los chicos en casa y agradecen que en esas dos semanas se pueda romper la rutina y salir un poco. Los chicos felices, ellas también felices, aunque exhaustas. 

En el polo opuesto están las que escuchan VACACIO... y es como si oyeran una mala palabra. ¿Qué se supone que debo hacer con ellos, yo, que trabajo ocho o nueve horas diarias? ¿Con quién los dejo? ¿Cómo los entretengo? El corte invernal sólo puede generar desorganización de la perfecta y cronometrada rutina hogareña. Así que cuando el receso llega, esas mamás se empiezan a arrancar los pelos. Entramos en crisis y nos aferramos a un celular que permite manejar todo, la casa desde el trabajo y el trabajo... desde el cine, el zoo o la plaza.

El mejor de los casos es cuando podemos tomarnos vacaciones con ellos y nos vamos a algún lado. Ahí sí que somos afortunados, pero aunque podamos hacerlo, es raro que nos tomemos los quince días. Con lo cual, el problema sigue estando para la segunda semana. 

Y sí, es injusto. El calendario laboral está muy lejos de poder acoplarse al calendario escolar. Es injusto para las madres, es un injusto para los chicos. Ellos merecen un descanso, pero las familias de hoy, en las que trabaja papá y mamá, difícilmente pueden adaptarse a las necesidades de los hijos. ¿Qué hacemos, entonces? Dejarlos quince días encerrados en casa con una señora "que los cuida" no es el mejor de los programas. Algunos colegios (aunque son los menos) ofrecen colonias de vacaciones (sí, también de invierno). Pero los chicos muchas veces no quieren saber nada de tener sus vacaciones dentro de la misma institución en la que están el resto del año. En el fondo los entendemos; imaginemos que a nosotros nos dicen que vamos a poder disfrutar de nuestro tiempo libre...¡dentro de la oficina! No, thank you. 

Supongamos que pudimos tomarnos unos días o salir antes del trabajo para estar con los chicos. Entonces buscamos una función de teatro que nos resulte atractiva y encaramos para el centro. Una hora de viaje, no hay estacionamiento. La vereda del teatro, atestada de gente. Imposible caminar de la mano con los chicos en la calle Corrientes. La última vez que hice una maratón de esas en vacaciones, haciendo equilibrio con el cochecito, la nena, el bebé, el bolso del bebé, las camperas y todo lo demás, ¿qué pasó? Me robaron la cartera. Típico. Un broche ideal para concluir la jornada. Y todos con cara larga, comiéndonos otra hora de embotellamiento para salir de la 9 de Julio y regresar a casa.

Otro de los problemas es, sin duda, el dinero. Cualquier actividad, que no sea la plaza, cuesta dinero. Me retracto: hasta la plaza cuesta dinero si hay calesita, que siempre en vacaciones sube de precio. Si queremos huir del frío por un rato, todo cuesta más. Y cuando empezamos a sumar lo que nos salió el teatro, el souvenir que te obligaron a comprar en la puerta, los pochoclos, el McDonalds con cajitas felices para todos, te agarrás la cabeza. Si multiplicás ese presupuesto diario por quince días, te das cuenta que es, sinceramente, imposible.

Eso no significa que nos vamos a resignar y no asomaremos la nariz ni a la puerta. En Vicente López, por ejemplo, los últimos años hubo muy buena programación organizada desde el Municipio, gratis o a precios muy bajos. Por ejemplo, el año pasado se pudo ver a Vuelta Canela, Bigolates de Chocote, Anda Calabaza, obras de Claudio y Gerardo Hochman, entre otros. No hace falta ir a pagar el doble al Complejo la Plaza. Ni viajar un montón hasta el Centro Cultural Konex por una programación decente. Estuvieron acá, cerquita, en el Teatro York, en el Centro Cultural Munro o en la Quinta Trabucco. Por eso, siempre vayan a la oficina de cultura de su Municipio (o busquen en la web, o llamen por teléfono) para conocer toda la programación de vacaciones, antes de gastar una fortuna en espacios privados que quedan lejos. En algunos casos hay que pasar un rato antes a retirar las entradas (cuando son gratuitas y limitadas), pero si vivís cerca eso no es un problema. Y además es un placer salir del teatro y que no te atosiguen los vendedores de muñecos, espadas y varitas luminosas u otras porquerías chinas que probablemente no duren más de un día pero que salen no menos de cien pesos cada una (y que te ves obligada a comprar si no querés tener un regreso a casa  con crisis de llantos, que arruinan por completo todo el paseo).

Por otra parte, los Municipios ofrecen talleres gratuitos para los chicos y vos los podés llevar a que se diviertan un rato pintando o bailando sin tener que seguir desembolsando. Para los que les interese, Vicente López también tiene una colonia de invierno, gratis, en distintos espacios de Olivos, Villa Adelina, Florida Oeste y Munro. Hay que anotarse con tiempo, a partir del 6 de julio. 

Y si algún día querés salir a charlar con amigas y tener un momento en paz, existen algunos bares que están diseñados con espacios para chicos y coordinadoras que los entretienen, mientras una se relaja un minuto y se toma un café. Hace poco descubrí Quinta Estación, en Palermo: por 60 pesos por niño, los chicos juegan tranquilos durante dos horas, hacen máscaras de cartulina, se disfrazan, arman torres con bloques y otras cosas mientras vos te tomás una merienda y te despejás un poco de la locura diaria de las vacaciones de invierno. 

Y sí, a resistir se a dicho. Pero también, a imaginar. A disfrutar.  A compartir con ellos algunas horas, esas que no podemos dedicarles, normalmente, el resto del año. A ser creativos en la elección de nuestras salidas (ojo, elegir lo mejor no significa elegir lo más caro). Y a marcarles la infancia con algunos buenos recuerdos. Y sobre todo, a no desesperar. Ya tiraré algunos datos más sobre teatros y posibles salidas (los que me conocen saben que es mi métier y no puedo resistirme, en este área, a dar recomendaciones). ¡Todavía falta mucho más de estas vacaciones de invier-noooo!

¡Buena suerte!



miércoles, 22 de junio de 2016

¿Quién dijo que los varones no lloran?


El fin de semana largo lo dediqué a mirar documentales. Me interesó especialmente uno de ellos, made in USA, que exploraba el modo en que la cultura americana construye la identidad de los varones, con un conjunto de nociones sobre lo masculino que se inculcan en los niños desde que nacen. 

El tan famoso "los nenes no lloran", o su versión estigmatizante "estás llorando como una nena", ilustran la hipótesis de la película. El film plantea que desde que los niños son pequeños todo el tiempo les estamos pidiendo que prueben su masculinidad y que se definan por oposición a lo femenino. A cada paso ellos tienen que demostrar que no son niñitas de mamá, ni gays, ni amanerados... sino hombres, o más bien, machos. Para ello, hay toda una construcción simbólica. Habría un universo femenino que incluye acciones y objetos -llorar, manifestar sentimientos, las muñecas, el color rosa, por ejemplo- y un universo masculino que cada vez se aleja más del primero. Así, a los varones, desde pequeños, se les estaría inculcando que ser un hombre implica ocultar sentimientos, para sólo revelarlos a través de una única emoción: el enojo (y la violencia física que éste trae aparejado). Y a través de insultos que refieren a lo femenino (como "pegás como una mariquita" o "pateás la pelota como una nena", por ser educada y no reproducir cosas más groseras) se les estaría marcando el límite de lo que deben ser y lo que no. Curioso, porque no cabría lugar para que hubiera algo femenino en lo masculino, ni viceversa. No casualmente los juguetes de nenas son cada vez más rosas y ultrafemeninos, mientras que los de varones cada vez más camuflados y supermasculinos. 

Ahora a pensar y a hacer mea culpa: ¿Quién no le ha dicho a un nene "andá y defendete", en lugar de mandarlo a contarle a la maestra? ¿Por qué anotamos a los nenes en fútbol y rugby, y no en danza o gimnasia artística? Y es más, ¿se dieron cuenta de que decir que una niña es una "nena de papá" es un halago, mientras que decir de un niño que "es un nene de mamá" es una ofensa? Algunas de estas cuestiones están arraigadas también en nosotros y no son parte, exclusivamente, de la cultura norteamericana. Pero, ¿qué hay de malo en decirles a los niños que así debe ser un hombre? El documental exploraba algunas implicancias y consecuencias. Desde el acento que se ha puesto en la destreza y la fuerza física por sobre otras cualidades y aspiraciones -de hecho, los "ídolos" masculinos provienen generalmente del mundo del deporte- , hasta el modo en que toda esta presión que se le pone al niño/adolescente por demostrar que es "bien hombre" termina nada más que en... violencia. El film nota, por ejemplo, algo peculiar: todas las masacres en instituciones o lugares públicos que ha sufrido los Estados Unidos en los últimos tiempos han sido cometidas por varones. ¿Casualidad? No, según la película, que argumenta que no son "locos" sueltos, sino jóvenes que son el producto de esta cultura que estigmatiza a todos aquellos chicos que no encajan perfectamente en estos cánones cerrados sobre lo que se supone que deben ser los varones. En otras palabras: víctimas del bullying. Y esto no es todo: según el film, los varones en Estados Unidos son más propensos a ser diagnosticados con algún desorden de comportamiento, a consumir drogas y estimulantes, a dejar el colegio, al alcoholismo, a cometer un crimen o a quitarse sus vidas. ¡Qué combo!

Si bien algunas cuestiones refieren más a lo que sucede en el país del norte, en líneas generales podríamos pensar que algo similar pasa con los chicos argentinos. Parecería que ser varón es patear la pelota. Vestirse de azul. Mirar Spiderman. Tener como modelos a los superhéroes, siempre musculosos, siempre valientes, y muchas veces violentos. Jugar videogames (también, a veces, violentos). Ser reservados en lo personal: hablar de lo que nos pasa parecería ser un territorio confiscado para las chicas. ¿Es que estamos criando hombres impedidos de expresar sus emociones? Parecen dogmas del siglo XIX, pero si nos ponemos a pensar, hoy en la Argentina tampoco estamos tan lejos.

Por último, me quedo con una reflexión que disparó este documental: ¿Qué nociones pueden tener de las mujeres estos hombres que se han criado entendiendo que debían repeler lo femenino? ¿Cómo puede un niño que escucha desde su infancia que "sos una nena" es un insulto, respetar a sus compañeras y, de adulto, al común de las mujeres? Es interesante pensarlo de esta manera: la discriminación y la violencia de género parecerían moldearse desde la niñez, porque tiene que ver con las representaciones, los valores y significados que le otorgamos a lo femenino y a lo masculino. Y el machismo es su mejor aliado.

Aplaudo a los colegios que han incorporado la educación emocional a la currícula. Si bien es bueno para todos, creo que lo es especialmente para los varones. Todos tenemos sentimientos y debemos poder distinguirlos y expresarlos. Es bueno que nuestros varones entiendan eso. En el mundo, hay jardines de infantes que han decidido borrar las barreras de género -por ejemplo, no hay trencito de nenes y de nenas, los niños están siempre mezclados y el género no es razón para la división y diferencia. Quienes están a cargo aspiran a un futuro sin distinción de géneros de ningún tipo, ni en casa ni en el trabajo. Se busca que no haya roles especialmente femeninos y masculinos (¡que no nos manden a lavar los platos!), ni inequidad en el salario, entre otras cosas. Habrá que ver si funciona, acá estamos muy lejos de eso todavía. 

A quienes les interese, el documental se llama "La máscara en la que vives". Es de 2015, su directora es Jennifer Siebel Newsom y puede verse por Netflix. El título hace referencia a que los chicos, a partir de esta presión social que les marca cómo ser/hacerse hombres, no tienen la libertad para mostrarse realmente como son. ¿Es que todos tienen que soñar en ser como Messi? Se los dejo para pensar...



martes, 21 de junio de 2016

Dilema: cómo hablarles de la muerte


Ayer falleció mi abuela. Y surgió, otra vez, esa misma pregunta a la que le sigo dando vueltas: ¿cómo les hablo de la muerte? Cómo explicarles, si ellos son pura vida, que en este mapa que es nuestra existencia todos los caminos llevan a Roma. 

Sucedió algo curioso, ese mismo día, un rato antes de recibir la mala noticia. Por la mañana, mientras volvía del supermercado, escuché involuntariamente una conversación entre una mamá y su hijo de unos diez u once años, que caminaban delante mío. Ella le repetía: "Hijo, lo único que no tiene solución es la muerte". Y yo me quedé asombrada y pensando con qué facilidad esa mamá que evocaba la muerte una y otra vez y sin pruritos, le dejaba un mensaje tan claro y profundo a su hijo. 

Los chicos te ponen en encrucijadas. Ellos quieren detalles, certezas. Y es difícil explicar algo que ni nosotros sabemos bien qué es. Para algunos es un mero acontecimiento biológico. Para otros es trascender. Para unos hay un cielo, para otros no. Para algunos hay ángeles, o vida después de la muerte, o reencarnación. Para otros no hay nada, es simplemente eso, el final. O puede ser una mezcla de todo eso y ni siquiera estamos seguros. La muerte no es más que el más grande de los misterios que ha tenido por siempre la humanidad. Entonces, ¿qué le digo a mi hijo?

En algunos colegios deciden hacerse cargo del tema y brindan algunas claves que les sirven a los chicos como puntos de referencia. Así, por ejemplo, mi hija mayor hizo un día, en clase, un dibujo en papel barrilete para que volara por el aire y llegara al "cielo" en busca de aquellos seres queridos que ya se fueron. Por eso -otra casualidad, o tal vez causalidad, porque los chicos escuchan todo incluso cuando parecen no estar escuchando- hoy mismo encontré a mis hijas gritando a cuatro vientos porque querían lograr comunicarse con su "abuelín", aunque enseguida la más grande sospechó que "no va a bajar del cielo aunque lo pidamos fuerte".  

Pero también es un problema que desde el colegio establezcan como solución la vieja y archiconocida metáfora del cielo, porque algunas familias -de acuerdo con ciertas corrientes de pensamiento- se niegan a "mentirles" a los chicos y se proponen decirles siempre la verdad. Pero, ¿qué verdad es ésa? Además, sin metáforas, ¿cómo explicamos de manera concreta lo ininteligible? He aquí el dilema. 

Lo único cierto es que vivimos en una cultura en la que la muerte es sinónimo de tragedia. De dolor. De angustia. De llanto. No pensamos en ella más que como una desdicha para los que quedamos vivos. Eso no es así de manera universal. La muerte puede ser un proceso natural pero la forma que lidiamos con ella no lo es. Más bien, es un constructo cultural, es decir, cada cultura construye sus modos particulares de relacionarse con la muerte y de otorgarle significados. Por eso los rituales son tan importantes. Permiten que sepamos cómo actuar cuando sucede la muerte. Pero no en todas las culturas los rituales son el velatorio, la cremación o el entierro. Nunca voy a olvidar mi viaje a México durante el Día de Muertos. Con qué felicidad esa gente se reunía y tantas familias se reencontraban por un par de días, para honrar a sus muertos. En realidad, era mucho más que honrarlos: era recibirlos de vuelta, por eso el agua y el pan que les dejaban junto a los santuarios. Y en ese gran abrazo entre un pueblo y sus muertos, todo Michoacán era una gran fiesta. Comida, bebida, baile, música, canto, plegarias y risas. Claro que a mí, bien argentina, se me revolvía el estómago al comer sopa de pescado sentada sobre una tumba y terminé llorando a cántaros con el amanecer, después de toda una noche de gira por los cementerios. Es que ellos veían rencuentro y felicidad donde yo sólo veía pérdida y dolor. Qué diferencia.

Cada cultura tiene sus fórmulas frente a la muerte. A nosotros nos tocó ésta, bien amarga, bien tanguera, de llantos y melancolía. De mucho ensimismamiento, porque cada uno vive el proceso del dolor de forma individual, como algo íntimo y personal, y no abiertamente y en comunidad como vi que sucedía con los pueblos indígenas de México. Y eso nos hace mucho más difícil la tarea de contarles a los chicos cómo es la muerte y qué nos pasa con ella. Mañana tengo que vivir un triste entierro y, por supuesto, no voy a llevar a mis nenas. Cómo me gustaría, en cambio, poder celebrar con ellas que mi abuela vivió 96 largos años.







viernes, 17 de junio de 2016

Y en todo esto, ¿dónde están ellos?


Nos convertimos en mamás y, de pronto, ellos dan un paso al costado. Están allí, como espectadores, contemplando. Es que la relación bebé-mamá es de a dos; el tercero, al principio, parece estar en discordia. Pero nosotras enseguida queremos que forme parte del equipo, entonces comenzamos a pedirle cosas.

Le pedimos que arme una mamadera. Y él demora veinte minutos en hacerla y una entra en crisis porque ya no sabe qué hacer con el bebe que, eufórico, grita ¡hambre!

Después le pedimos que cambie un pañal, pero como no es su tarea favorita pronto lo encontraremos recostado en el sillón mirando tele junto a un niño todo cagado (sí, a ellos no les molesta para nada el olor). Y te reciben contentos: ¡Pero mamá, estábamos esperando que llegues para cambiarlo!

Después le pedimos que lo bañe, pero claro, nunca aclaramos que el baño también supone un lavado de pelo.

Y le pedimos que haga la comida de los chicos: menos mal que la prepara una vez cada tanto porque, si fuera por él, comerían siempre pastas o asado.

Algunos -como el mío- no saben qué es un body y pueden traerte todo el placard del bebé antes de encontrar la prenda adecuada. No distinguen entre unas patitas y una calza. No logran hacer dormir a un niño sin dormirse primero ellos. No saben hacer un peinado de nena, así que las sacan a pasear despeinadas. Generalmente se olvidan los abrigos. Gritan "gol" aunque saben que los chicos duermen, porque el partido es lo más importante. No se despiertan de la siesta ni aunque los enanos les caminen por la cabeza. No recuerdan los nombres de las maestras. Es imposible que lean un cuento completo. Llevan a dormir a los chicos pero, en su lugar, los exaltan y avivan el juego. No modificaron sus rutinas por la paternidad y jamás dejarán de ir al "fulbito" nocturno -y nosotras con odio los envidiamos porque hace rato que tuvimos que cancelar nuestras clases de gimnasia, pilates y yoga.

Pero chicas, hay que darles crédito. La mayoría lo intenta. Y están al lado de una, pase lo que pase. Y de a poco comienzan a hacer las cosas cada vez mejor. Supone un largo entrenamiento, pero al final lo logran. O casi (es normal que, después de cinco años, no hayan aprendido en qué cajón estaban los pulóveres de los chicos. Así que, por un detalle de esos, no rezonguemos).

Y no hay como ellos para jugar con los chicos: ésa es su tarea favorita. Los que tienen nenas hacen un esfuerzo y juegan con muñecas y ponis y se miran las pelis de princesas de Disney.

Y qué solas que nos sentiríamos sin su compañía. Y qué difícil que sería la crianza si ellos no estuvieran, aunque sea, para hacer de back up cuando estamos rendidas.

Así que no los retemos tanto. No los maltratemos, ni les recriminemos...¡si los queremos! Valoramos el esfuerzo que hacen, aunque sea, por complacernos. Por eso, especialmente este domingo, a mimarlos un rato.

¡Feliz día del padre!

jueves, 16 de junio de 2016

Mi hijo no quiere comer




Yo hice todo mal. Irina era una bebé muy chiquita, en el límite inferior de peso (o percentilo, como dicen los médicos ahora). Y yo sentí que mi misión en la vida era, a toda costa, darle de comer.

Habíamos esperado casi tres meses para verla salir de neonatología con sus dos kilos recién cumplidos. Los gramos se sumaban de a uno y, el día en que llegamos a los 200, festejamos. Así que, con esa mentalidad, seguí alimentándola en casa. Pero Irina no se veía muy interesada en la comida. Y yo insistía. Ella rechazaba la mamadera. Y yo insistía. Se cansaba de la teta. Y yo insistía. Comenzamos con las papillas y con suerte comía una cuchara. La técnica del avioncito no funcionaba. Entonces yo le metía alguna cucharada de prepo en la boca mientras estaba distraída y le ponía cara de "¡qué rico!", y ella me devolvía una cara de "¿por qué me hacés esto?". Y escupía. Escupía y seguía escupiendo.

Después fue creciendo y la hora de la comida se volvió prácticamente un circo. Todo empezó con un títere con forma de jirafa que le habían regalado. El títere le hablaba y ella comía. Yo feliz por haber encontrado un recurso, comencé a explotarlo. Pero el problema fue que, muy pronto, dejó de ser suficiente que el títere le acercara la cuchara. La jirafa tenía que cantar, después bailar, después hacer malabares, saltar por el aire. Y un día me di cuenta de que para que la nena comiera cuatro o cinco cucharadas, yo tenía que andar revoleando una jirafa de un lado al otro, haciéndola volar literalmente por el living. La hazaña preferida era la triple mortal en el aire: con esa abría bien grande la boca. ¿Pero hacia dónde iba todo eso? El próximo paso era reproducir una escena al Cirque du Soleil. Ciertamente, no estaba funcionando.

Los que me han visto darán crédito: a donde íbamos, yo perseguía a mi hija con una cuchara en mano. Y la nena, de alguna forma, se dio cuenta de que ése era mi punto débil y comenzó a manipularme. Así que, cuando tenía poco más de un año, cada vez que hacía un berrinche comenzaba a hacer arcadas y terminaba vomitando. Sí, vomitando...¡esas pocas cucharadas que me habían costado sudor y lágrimas!

Las escenas de vómitos fueron el límite. Evidentemente, había hecho las cosas mal. La nena con más de tres años no agarraba la cuchara  -no porque no pudiera, su motricidad fina era impecable- sino porque mamá siempre había estado ahí sosteniéndola (tiempo más tarde, en algún lado leí que hay que dejarlos comer solos a partir del año y medio porque después de los dos años ya no van a querer hacerlo. ¡De haberlo sabido antes!). Así que empecé a poner en práctica una técnica inversa. Me propuse dejarla solita frente al plato. No insitir. Aunque me tuviera que morder la lengua. Aunque al principio no comiera. Y así fue mejorando. Hoy come de todo, sin ayuda, y aunque sus porciones no son muy grandes, muchas veces se termina el plato.

Con mi segunda hija, asumí mis errores del pasado e hice todo diferente. Tania comió sola desde el año recién cumplido. Casi no probó papillas, le daba todo cortadito bien chiquito para que agarrara con la mano. Y funcionó. Y yo fui una mamá más feliz. Sin tener que hacer avioncitos con el tenedor, ni meterle de prepo en la boca, ni montar todo un circo para convencerla de lo bueno que es comer. La comida debe ser un placer y ahora me doy cuenta de que lo es más cuando uno puede observar, oler, dejarse tentar, tocar y finalmente llevarse eso que está ahí y parece rico a la boca. Si el instinto funciona, mejor no intervenir mamá.