lunes, 19 de septiembre de 2016

Egresaditos...¡que fantástica fantástica esta fiesta!


¿Quién, entre los que tenemos más de treinta años, se acuerda de haber tenido una fiesta de egresados en el prescolar? ¿Quién recuerda a su maestra de salita de cinco? ¿Y a los compañeros (ojo, no vale si fueron los mismos de la primaria)? ¿Quién se acuerda algo del jardín de infantes, más que de ese enorme patio, los juegos, el arenero, y -como mucho- ese aroma a mate cocido que inundaba la tarde?

Repitan conmigo: nadie. Sin embargo, treinta años más tarde, los chicos de salita verde -gracias a sus mamás a las que les encanta complicar las cosas cada vez más y se entrometen por donde pueden en la vida escolar- tendrán su primer fiestón a los cinco años. No bastó con hacer la remera de egresados, para que la luzcan aquellos que no pueden ni pronunciar esa palabra (para mi hija, son los "regresados"). No señor. Hoy en día, no puede faltar la esperadísima Fiesta de Egresaditos, la cual pocos de nuestros chicos realmente recordarán, pero es sin duda necesaria para que las madres -valium de por medio- transiten esta dura etapa que significa dejar que ese pollito del jardincito crezca para convertirse en alumno de primaria. Evento entre histriónico y melancólico, que combina la histeria del pelotero con el lagrimón piantado cuando aparece el video casero que exhibe fotos de los chicos desde que usaban pañales, así se despide hoy el jardín de infantes.

Claro que tremenda fiestita nunca es gratis. Más bien, implica un número para cada familia. Pero no importa: parecería que todos coinciden en que hay que gastar lo más posible para los Egresaditos. Si alguna mamá ofrece una casa para que la cosa salga más económica, todas las demás -luego de obvios agradecimientos- encontrarán las escusas perfectas para rechazarla y elegir, en cambio, la opción más "completa" (léase, carísima). Así es la tiranía de la democracia dentro del grupo escolar. Se vota y no importa si podés o no pagar. 

Ahora a planear la gran fiesta gran. Seguramente vas a almorzar pizza o panchos, pero por ese menú cualquiera de los saloncitos infantiles te cobrará alrededor de 400 pesos por cabeza. En algunos colegios se invita no sólo a los padres sino también al abuelo, la abuela, el tío, el gato y el perro. Multipliquemos por veinte familias: estamos organizando una fiesta para 100 personas. Papi, poniendo una luquita por lo menos, para que el nene tenga su fiestita de prescolar. Y esto recién empieza. Falta la animación, los souvenirs, los gorritos de egresados y la mar en coche. 

Pero, me dirán, ¿no lo disfrutarán los chicos? Claro que lo disfrutarán, como disfrutan de cualquier cumpleaños, con pelotero, animación, papas fritas, pancho y coca. ¿Y no lo disfrutaremos los adultos? Claro que lo disfrutaremos. Charlaremos de lo grandes que están nuestros nenes, haremos terapia de grupo consolando a las más deprimidas, nos confiaremos todos los chimentos que hemos escuchado sobre el primer grado. Y, por último, lloraremos un poquito hacia el final, emocionados por esta "etapa que termina". Pero me sigo preguntando si, para poder pasar a la próxima etapa, había que armar tanto show y espamento. Salón, animador, catering. ¿Qué pasó con el asadito en una casa, el encuentro en el club o el pic-nic en el parque? ¿A qué madre se lo ocurrió que todo eso ya no era viable para una despedida de chicos de cinco años? Seguramente, a ninguna. Pero poné a veinte madres juntas, y ahí se arma la cosa. Todo es plausible de ser imaginado y pergeñado en un (aparentemente inocente) grupito de Whatsapp.





sábado, 10 de septiembre de 2016

Mitos y verdades sobre cómo dejar el pañal



Hace 24 horas que mi beba dejó el pañal. Confieso que no me lo propuse, venía dilatando el tema hace rato. Sin embargo, ayer, cuando llegué al jardín para retirarla, las maestras me dieron la buena nueva: ¡Mami, sorpresaaaaa! ¡Está sin pañal! Sí, así. De sopetón. Se lo sacaron, nomás, sin preguntar. Ante esa situación, obviamente, me vi obligada a comenzar -antes de lo que yo me lo hubiera propuesto (¡todavía no es verano!)- la OPERACIÓN BOMBACHA. 

Tengo que confesar que lo primero que uno hace, inexperta, ante estos momentos es googlear "cómo sacarle el pañal a mi bebé". Y ahí aparecen un montón de consejos en diez pasos, que dan la sensación de que el tema es ultrasencillo, fácil de resolver con un manualcito for dummies. Para las que aún no lo han intentado, tengo que decirles que NADA de todo eso funciona. Porque no depende de "mamá" -como plantean estos instructivos- sino especialmente de cada chico. Algunos proponen leer "las señales" que da el niño cuando está listo. Pero el problema es que esto no significa solamente que el nene pueda decir "caca". Estas "señales" pueden no ser muy claras, sobre todo porque cada chico tiene su manera de atravesar el asunto. En mi caso, puedo decir que la experiencia que tuve con mis dos nenas fue muy distinta. Que no pude seguir, con la segunda, el mismo método que resultó con la primera. Que, como ellas son distintas, necesitaron cosas diferentes para llegar a ese momento glorioso de ponerse la primer bombacha.

Recuerdo que, la primera vez, me había propuesto lograrlo un verano. Por supuesto, la nena no estaba lista. Se sentó un par de veces en la pelela y después no quiso saber más nada. Nueve meses más tarde, me pedía solita usar bombacha. Coqueta, quería estrenar una nueva de Minnie, y desde ese día en que se lo propuso, fue como un milagro: jamás se hizo encima. Es como si la ficha le hubiera caído, estaba completamente preparada y ella me lo hizo saber. 

Para ese entonces, si me preguntaban, yo era una acérrima detractora de los pañales pull-up (esos que son como bombachitas, pero en pañal). Es que, si uno lo piensa, le dan al niño un mensaje confuso: ¿son como la ropa interior, pero me puedo hacer encima? ¿Cómo funciona eso? Andaba por la vida hablando mal de ellos, hasta que nació mi segunda hija, y en un momento decidió -literalmente- arrancarse el pañal. Tenía poco más de un año y no estaba lista para las lecciones en el baño. Más bien, usaba la pelela como un divertimento: se sentaba en ella para jugar, para luego hacerse encima. Así que -mordiéndome la lengua por todo lo que había dicho- fui directo a comprar  los pull-ups, que le daban libertad para vestirse y desvestirse sola, y resultaron ser una buena solución para el verano, cuando ella quería practicar pero no estaba madura aún como para lograrlo. Inútil fue intentar e intentar, creyendo que ya era el momento sólo porque se encaprichó con no usar el pañal. No sirvió de nada llevar la pelela en la valija -nota al margen: ¡¿por qué las pelelas de ahora son gigantes, imposibles de transportar?!-, haciéndola volar cientos de kilómetros, para que ella "aprendiera" en las vacaciones. No lo hagan, no aprenderá sólo "porque es verano". Va a aprender cuando quiera, haga frío o calor, nos guste o no nos guste. 

De todas las reglas, creo que hay una sola. No importa cuántas ganas tenga mamá. Sólo ellos saben cuándo lo van a logar. Y en ese momento, cuando están decididos, nos lo van a hacer saber. Y ahí hay que acompañar. Poner una bombacha o un calzoncillo antes de tiempo sólo puede embarrar más el terreno. De qué sirve volverse loca intentando llevarlo al baño, cuando él todavía ve al inodoro como Mr. Toilet Man (¿Se acuerdan del inodoro con ojos y dientes que asustaba al niño de Mira quién habla al grito de "GIVE ME THAT PEE PEE"). 

Y por eso temblaba, ayer, cuando las maestras -¡divinas!- decidieron que mi gorda no necesitaba el pañal y la dejaron en pantaloncito. ¿Estará 100% lista? Lo menos que quería era empezar con esa inútil serie de avances y retrocesos. Por suerte, aunque tuvimos algún accidente, lo está logrando. Hoy hizo su primer caca en el inodoro -¡aplausos y festejos!-, pero antes hubo que convencerla un buen rato para que abandonara el rincón donde siempre se apuntalaba para hacer a escondidas. Temblé por un segundo, pero por suerte accedió y lo logró en el baño. Lo que queda, en los próximos días, es bastante trabajo, preguntar y repreguntar a cada minuto si tiene ganas, visitar todos los baños de cada lugar a donde vamos... En fin, parte de la rutina de decirle chau a nuestro viejo amigo el pañal. Pero, cuando ellos están verdaderamente comprometidos, hacerlo es un festejo y no un tormento. O al menos así debería ser, no sólo para el chico sino para nosotras, las mamás, que naturalmente pecamos de ansiedad. 




miércoles, 24 de agosto de 2016

Se viene el Día del Maestro. Algunas reflexiones sobre el regalo colectivo (y carísimo)


Todo empezó con una manzana lustrada. Ésa que quizás, nuestros abuelos, llevaron un día al colegio para entregarla, orgullosos, a su maestra. La manzana resume metafóricamente lo que el regalo del Día del Maestro significa. O debería significar. Porque, varias generaciones más tarde, no estoy segura de que los chicos de hoy recreen, con los sofisticados regalos grupales, esas sensaciones de orgullo y cariño que producía la simple pero dulce manzana.

Y no es una cuestión de dinero. No es porque la manzana cueste dos pesos y el regalo colectivo probablemente, mil. Ni siquiera estoy hablando de la imposición -casi divina- de aportar a la colecta con un número fijo (preestablecido andá a saber por quién), sin ser previamente consultado respecto de si está dentro de las posibilidades económicas personales (imposición que si no cumples, recaerá sobre tu hijo como una maldición, porque de ahí en más perderá la "membresía" de pertenencia al grupo). Ése es otro tema. Me refiero, más bien, a que -con las prácticas que las mamás modernas instalaron como una tradición inviolable en los colegios- los chicos se pierden de muchas cosas que nosotros vivimos cuando íbamos a la escuela. Paso a dar ejemplos.

Cuando el regalo era individual, había que ir a elegirlo con mamá. Uno podía idear con cuidado qué le compraría a su maestra, pensar opciones, imaginar lo que a ella más le habría gustado. Qué le importa a mi hija, de cinco años, la cartera de Prune y la remera de Wanama que eligieron, obviamente, los adultos. Para ella, seguramente, tiene mucho más valor una cajita de bon-o-bon, envuelta por ella misma y acompañada por una tarjeta casera, preparada con cariño un domingo a la tarde. Y, después, está el momento de la entrega. Es muy emotivo verla a ella preocuparse por llevar el regalito intacto, cuidándolo desde que sale de casa hasta que llega a la escuela, afanosa de su hazaña y lista para ser recibida por su maestra con una enorme sonrisa de agradecimiento. Un momento lleno de orgullo, similar al que seguramente tuvo alguna vez mi abuela cuando llevó su manzana lustrada. Un obsequio que dice a gritos "maestra, te quiero, y por eso preparé -¡yo misma!- este regalo tan especial para vos".

Yo entiendo que, hoy, las maestras prefieran recibir mil pesos en una tarjeta Falabella, lista para salir de shopping sin condicionamientos. No voy a ponerme en contra de las nuevas costumbres, ni menos aún -Dios no lo permita- ¡en contra de los grupos de madres! Entiendo que juntar plata es más práctico. Que resuelve el problema para las mamás superocupadas. Que el regalo (caro) suele ser bien valorado por las docentes, injustamente castigadas con malos sueldos. Pero, en algún lugar, sigo añorando esa vieja costumbre de la manzana lustrada. Del obsequio pequeño pero personalizado. De la preparación previa y casera, con tarjetas hechas de brillantina y papel glasé. De la emoción de entregarlo personalmente. Del orgullo de haberlo elegido con esmero. Me pregunto, ¿cuánto del cariño de los chicos se expresa en una cartera Prune de 850 pesos? ¿Cómo viven los chicos de hoy ese momento, otrora mágico, cuando a veces -a los 3 o 4 años- ni siquiera entienden que ese presente (al que ven por primera vez cuando la maestra lo está abriendo) es de parte de ellos?

Y, por último, me pregunto también si el regalo del Día del Maestro ha dejado de ser una sencilla expresión de amor por parte del niño hacia su seño, como lo fue tradicionalmente, para transformarse en una soberbia muestra de agradecimiento de nosotros, los padres, hacia las docentes -a las que obviamente valoramos por todo el enorme esfuerzo que hacen diariamente por nuestros hijos. Un regalo hecho por adultos para otros adultos. Un reconocimiento válido, por supuesto, pero en el que los chicos ya nada tienen que ver.


miércoles, 17 de agosto de 2016

La historia según la escuela, redonda y color de rosa


La escuela nos ha contado la historia a su manera. Y lo sigue haciendo. Hoy se conmemora la muerte del General San Martín y, en la escuela, no dejan de hablar del amor del prócer por Remedios (sí, chicos, se llamaba Remedios, ¡no Antibiótico como sugirió hoy un nene a la maestra!). 

Es curioso que la versión para jardín de infantes de la vida de San Martín se centre tanto en esa relación conyugal y no en la enormidad de hazañas de guerra que tuvo que llevar adelante el pobre José para liberar a la Argentina y dos pueblos más. Pido disculpas pero, primero, quiero despacharme respecto de lo que pienso de los actos patrios en los jardines de infantes -especialmente cuando los nenes están en salita de dos, como mi hija. Y sí, lo digo: me parece una inútil pérdida de tiempo para todos; para los grandes -obligados a buscar escusas en el trabajo cada dos por tres-, y para los chicos, que aún no tienen la capacidad de comprender las efemérides, ni pensar en un tiempo pasado, si a los dos o tres años ni siquiera distinguen entre el ayer y la semana pasada. ¿Qué sentido tiene entonces que le cuenten lo que significó hace doscientos años que un señor cruzara los Andes con razones político-ideológicas para luchar contra un gobierno monárquico que nos gobernaba desde otro continente? Es muy pronto, ya habrá tiempo para eso. Gracias que, por el momento, la mía entiende que cuando se canta hay que pararse, cuando se termina de cantar hay que sentarse y cuando todos aplauden, hay que aplaudir bien fuerte. Eso ya es mucho para los dos años, ya que la mayoría no hace ni eso y otros son perseguidos por las maestras mientras se dispersan por ahí o lloran cuando ven a sus mamás a lo lejos. Por otra parte, si ya festejamos el 25 de mayo, el 20 de junio y el 9 de julio -fechas más alusivas a la patria y a todos sus símbolos- celebrar en el jardín la muerte del General (¡Sí, la muerteeee!, ¡¡¡¿cómo le explico qué es la muerte y por qué si es triste estamos festejando?!!!) ya me parece que roza lo ridículo. Pero el estado lo demanda y las seños le ponen buena voluntad y arman todo el zafarrancho. 

Volviendo al tema de Remedios, José y Merceditas, hoy en el acto parecía que la historia del General se sostenía principalmente por esa perfecta familia tipo que había formado junto a una mujer a la que -obviamente- amaba. Lo de los Andes lo contaron rapidito, pero un buen rato le dedicaron al casamiento, el amor, el nacimiento de la hijita. Mientras la maestra no cesaba de reforzar con bellas palabras lo que José sentía por Remedios, yo sólo pensaba: ¿por qué hay que mentirles así a los chicos? San Martín fue importante para la historia nacional, y punto. Fue importante porque fue un estratega político y de guerra, y punto. Fue importante por lo que hizo en el plano público, y punto. Su vida privada no debería interesar. Y si quieren contarla, ¿por qué tergiversarla? ¿Por qué decir que fue un buen padre, si fue un pésimo papá que se alejó de su única hija durante años? ¿Por qué no decir que se casó con Remedios, una nena de 14 años (él ya tenía 34), sólo por conveniencia, porque ella pertenecía a una familia de gran prestigio social y solvencia económica, justo lo que él necesitaba para "entrar" en la sociedad porteña -a su regreso de Europa- y llevar adelante su propia agenda política? ¿Por qué no decir que en la primera de cambio la abandonó en Buenos Aires para irse a vivir a Mendoza, donde residió durante muchísimos años junto a otra mujer? La verdad es que San Martín fue un pésimo hombre en la intimidad. Fue un grande de la patria, pero no buen marido para Remedios, ni un buen padre para Mercedes. Ni siquiera fue a visitar a su esposa en su lecho de muerte. No lo juzgo. Todo lo contrario. De hecho lo considero uno de los mejores próceres, por la labor que realizó en pos de la construcción de lo que hoy es nuestro estado nacional. Pero pensar que por ello hay que inventarle una biografía color de rosa, ATP, con la familia tipo y el comieron perdices incluido, no señores, tampoco la pavada. 

No hay necesidad de decirles a los chicos todas esas cosas. San Martín no será menos prócer, ni menos Libertador de América, por haber sido un mal marido y haber tenido varias amantes. Dejen que los chicos crezcan para comprender su hazaña, estudiar su (verdadera) vida, y después juzgarlo. ¿Por qué la escuela se ensaña en seguir narrando la historia política nacional como un cuento de hadas? ¿Por qué a cada paso les tenemos que mostrar modelos de felicidad conyugal y familias convencionales, cuando vivimos en una sociedad en donde la familia tipo ya no es el único modelo de familia? Y, principalmente, ¿por qué les tenemos que mentir a los chicos para que "entiendan" la historia? ¿No hay otra forma de armar un relato acorde a la edad de la audiencia sin tergiversar los hechos históricos? ¿Es que el padre de la patria tiene que ser retratado, sí o sí, como el mejor padre del mundo? Se los dejo para pensar.







viernes, 12 de agosto de 2016

Juegos Olímpicos. Los diez deportes en los que las mamás somos campeonas


¡Qué lindo es ver los Juegos Olímpicos en casa con los chicos! Por fin podemos mostrarles el verdadero espíritu deportivo, un espectáculo un poco más alentador del que diariamente nosotras podemos ofrecerles como ejemplo. Ésta es la rutina de ejercicios semanal de cualquier mamá, campeona olímpica del hogar:

1. Levantamiento de pesas: con dos bolsas de Carrefour en cada mano, más repletas ahora que nunca, ya que en provincia también te cobran por cada bolsa y amontonás todo lo que podés en unas pocas.

2. Baloncesto: se practica mientras cambiás el bebé. Para no dejarlo solo, por riesgo a que se caiga del cambiador, con una mano arrojás el pañal al cesto que está a metro y medio de distancia y (de vez en cuando) la embocás. Si no entró, quedará en el suelo durante un rato, hasta que tengas tiempo de ir a recogerlo (es posible que sea a la noche, o al día siguiente). No se recomienda practicar este deporte cuando el balón tiene caca.

3. Lucha: lo practicamos todas las mañanas, a las 7 AM, cuando los tenemos que levantar para ir al colegio.

4. Tenis: siempre en verano, en el cuarto de los chicos, con la raqueta de matar mosquitos.

5. Clavados: son todas las actividades a las que tu hijo tiene que llegar EN PUNTO. Y también todas aquellas en las que tenés que retirarlo en un horario altamente estipulado. Cinco minutos tarde y los adultos a cargo te mirarán como a una madre irresponsable y desorganizada.

6. Hockey. Con la escoba, barriendo juguetes que quedaron tirados por toda la casa. No hay arco, con arrinconarlos en un sector alcanza para ganar el juego.

8. Triatlón: de vez en cuando viene este ejercicio combinado, más que esforzado. Sucede cuando papá está de viaje por trabajo y mamá hace todo lo que, diariamente, se hace de a dos. O sea, mamá levanta a los chicos a la mañana, los viste mientras les prepara el desayuno, lleva al primer hijo al colegio, al segundo al jardín, todo en el mismo horario y en tiempo récord. 

9. Pentatlón. Es igual que el anterior pero, a todo aquéllo, se le suman actividades extras, de distinto tipo y siempre en horarios superpuestos. El otro día, por ejemplo, me tocó llevar a una  de mis hijas al médico y a otra a un cumpleaños, todo en simultáneo, mientras me acordaba que todavía me faltaba pasar por la farmacia y el supermercado.

9. Artes marciales: a veces, después de un día chino, queremos hacer volar todo con una patada de taekwondo, pero nos contenemos como si poseyéramos la concentración, la paciencia y la sabiduría oriental. En esos días, mejor no explotar.

10. Remo: y sí, la remamos día a día, ¿o no? 

¡¿Quién dijo que no sudamos la camiseta como un campeón olímpico?! Entrenamos todos los días, aunque estemos exhaustas, enfermas o no hayamos dormido, mientras (a veces) ¡papá sólo nos alienta desde la tribuna!

Todas las mamás nos merecemos una gran medalla dorada. Por suerte los tenemos a los chicos, que -más valiosos que el oro- son el mejor premio que podríamos recibir por tanto esfuerzo.

jueves, 4 de agosto de 2016

S.O.S. Día del Niño: qué regalar (y un poco de terapia de grupo antes de comprometer nuestra tarjeta de crédito)


Acaban de terminar las vacaciones de invierno, en donde invertiste gran parte de tu salario durante quince días de intensa actividad. Y ahora llega otra obligación monetaria: el Día del Niño. Antes de tener hijos, poco apunte le llevaba yo a las fechas establecidas por el mercado. Sin embargo, después de tenerlos, todas las celebraciones de ese tipo -Día del Padre, de la Madre, del Niño, Navidad, Reyes y otras que recientemente han inventado, como el Día del Nieto o del Abuelo (faltan las del tío y el primo, que seguramente las estarán patentando)- se vuelven ineludibles responsabilidades de desembolso de dinero.

Este año es el tercer domingo de agosto y ahí estamos todos pensando, de antemano, qué vamos a regalar. Tienen la pieza llena de juguetes, ya no sabés dónde guardarlos. Pero vas a salir igual a comprar uno o varios más. Es curioso, además, que durante el año se te ocurren un montón de cosas que te gustaría que tuvieran, pero cuando llega la fecha no encontrás nada que pueda ser útil o novedoso. Si no sos de los que evalúan todos los panoramas antes de decidir, aquí repaso los posibles escenarios.

Una opción es hacerles un regalo súper importante -léase, súper caro-, con el riesgo de que luego jueguen con él dos semanas y después quede arrumbado por ahí, mientras vos tenés que seguir pagándolo en cuotas durante dieciocho meses más. En el polo opuesto, está el regalo económico, para salir del paso. Entonces evitás las jugueterías, que ya sabés que te van a sacar un ojo de la cara, y te metés en el bazar chino. Y ahí elegís alguna de esas porquerías luminosas, que llaman bien la atención, hacen ruido, son de un plástico asqueroso y sabés que se van a romper pronto. Pero salió barato, los chicos se divirtieron un rato, misión cumplida. Aunque pensándolo bien, descarto esta última solución que en realidad podría resultar, según mi experiencia reciente, arriesgada y hasta un tanto peligrosa. La útlima vez que elegí uno de estos juguetes chinos -era una muñeca Frozen que en lugar de piernas tenía una bola lumínica de su cintura para abajo y destellaba luces de colores mientras repetía "Let it go, let it go"-, mi hija de un año y medio tuvo un pseudo brote psicótico obsesivo, como si el juguete la atrapara y no pudiera dejar de escuchar esa música que era tan sólo una suerte de loop que se repetía una y otra vez, mientras se hipnotizaba con las luces psicodélicas. Lo apagábamos y ella se tiraba al piso, pataleaba, gritaba, como nunca jamás la habíamos visto hacerlo. Resultado: el chiche duró tan solo unas horas en casa, lo devolví al día siguiente.

Si querés evitar juguetes de los que nadie te alerta lo nocivos que pueden ser para la psiquis de tus hijos -y sí, después de eso me volví paranoica, desconfío hasta del patito de goma que vende el chino de Maipú-, entonces sin duda hay que optar por la juguetería didáctica. Ahí te enganchás y te querés llevar todo. Hasta que te dicen los precios, dejás todo en su lugar y te vas con las manos vacías. O te llevás algo chiquito, que igual te salió 400 pesos. Y finalmente terminás en la juguetería común y corriente, esa que tiene todas las marcas comerciales del mercado, y decidís comprar lo que los chicos te dijeron que querían. Pero lo comprás sabiendo que es un error hacerlo, porque ellos siempre quieren lo que ven por la televisión, en las publicidades que pasan entre dibujo y dibujo animado. Rara vez se trata de juguetes de materiales nobles, didácticos, que alimentan su intelecto, su imaginación o su curiosidad; más bien casi todos son de plástico y a pila, y no dejan lugar para imaginar nada: hacen de todo. Y además salen carísimos, si compramos los originales. Y, ojo al piojo, después de los cuatro años, ellos se dan cuenta si elegiste el "trucho" y te lo recriminan de por vida.

Después de todo esto, te diste cuenta de la difícil encrucijada en que te han metido los comercios, la sociedad y el capitalismo entero con esto del Día del Niño. En esos momentos, en los que estoy desorientada y desanimada, me acuerdo de ese lindo comercial español que circuló por las redes sociales en alguna Navidad pasada. ¿Se acuerdan? Ése en el que les pedían a algunos chicos que escribieran una carta para los Reyes y ellos hacían una lista larguísima de juguetes. Y luego les pedían que escribieran otra carta para papá y mamá. Y ahí ellos sólo pedían que papá y mamá estuvieran más tiempo y jugaran más con ellos. Y ahí, con ese golpe bajo imprevisto, era imposible no piantar el lagrimón. Y sí, al final, lo que los chicos más quieren -y necesitan- es afecto y presencia. Así que, después de tanto calcular y recalcular, me convenzo de que cualquiera sea el regalo que elija para este Día del Niño, va a estar bien si, al final del día, me siento a jugar un rato con ellos. 

miércoles, 3 de agosto de 2016

39 grados y la maratón de las cuatro de la mañana


¿Por qué nadie nos advirtió antes de tenerlos? Sí, hablo de las largas noches en vela, con ellos al borde de los cuarenta de fiebre. Ayer, en casa, fue una de esas noches.

Como siempre, el pico de la fiebre es en la mitad de la noche. Tres, cuatro de la mañana, es su hora predilecta. Entonces te levantás, a pesar de que no querés dejar la frazada; salís de la cama muerta de frío, con los ojos todavía cerrados y, cuando vas a ver, sólo con tocarle la frente lo sabés: vuela de fiebre. Entonces salís en la búsqueda del termómetro (hay que tener dos o tres por toda la casa, por varias razones: la primera, si no encontrás uno, aparece el otro. Las cuatro de la mañana no son horas como para ponerse a pensar dónde lo dejaste. En segundo lugar, a veces dudás si el digital funciona bien -¡¡¡no puede ser, le tomo de nuevo!!!- y entonces torturás otra vez al chico, esta vez con el viejo termómentro a mercurio que nunca falla). Después, el veredicto: marca 39. Es unánime, hay que actuar. 

Sigo dormida y me cuesta pensar. ¡¡¡¿Qué hago?!!! Busco el ibuprofeno y rápidamente repaso los métodos para lograr que lo tome, lo más pronto posible. Método 1: la mamadera. Se lo coloco con la leche (ya no me importa qué diga el pediatra, ese método generalmente no falla). Me hago la buena, "acá te traje la memi", se la doy y... nada. Claro, la última vez tenía un par de meses menos. Ahora, con dos años y medio, no la convenzo ni ahí de que eso que le di es la mamadera de siempre. Seguro que el gusto se nota, pienso. Entonces le agrego una cucharada de azúcar. Y voy otra vez a la carga: "acá está otra vez la memi, qué ricaaa.....". Si mi nena, adicta a la mamadera -no puedo lograr que la deje, a pesar de que lo hemos intentado-, la rechaza es porque a) se siente muy mal; b) el remedio tiene un gusto asqueroso, que no pasa ni mezclado en un cuarto litro de leche.

Bien, no funcionó. Método 2: la jeringa en la boca. Como no la encuentro por ningún lado, pasamos directamente al método 3: "la conversación". Preparo el remedio en un vasito, mezclado con mucha azúcar, y me acerco a la cama con tono conciliador, cuchara en mano y lista para explicarle -ahora son las cuatro y media de la mañana- por qué es tan importante que tome el remedio. Después de hablar dos o tres minutos, me canso, le encajo una cucharada de prepo en la boca, llora, patalea, lo escupe todo. Otra vez pienso, ya no es tan chiquita, sola no puedo.

Entonces voy a despertar a mi marido. "Amor, mirá, la nena no quiere tomar el remedio....", empiezo bajito. "¡¡¡Despertateeeeee, tiene 39 de fiebreeeee!!!", remato. Se levanta dormido, como yo hace un rato, sin saber bien qué hacer. Ok, improvisamos un método nuevo. La nena dijo que quería un postrecito entonces voy a la heladera a buscar un Shimmy y escondo otro tarrito con remedio, lista para mezclarlo en cada cucharada. Nos preparamos sobre nuestra cama, él la sostiene a upa, yo le acero la cuchara pero...."Postre noooo mamá", dice ella. ¡Cambió de idea! ¡Y en esa primer cucharada ni siquiera le encajé el remedio! ¡¿Qué hago ahora?!

Volvemos al método 3, pero sin preámbulos, esta vez con más certeza. "Vos sostenla, yo se lo doy o se lo doy", le digo a mi marido. Entonces lo intentamos, se lo meto en la boca y de pronto la nena comienza a hacer arcadas y vomita TODO. Gracias a los buenos reflejos del papá, se salvan las sábanas, porque él logra correrla justo a tiempo para que el vómito no caiga sobre la cama (no es la primera vez que pasa y, generalmente, a esas horas, el vómito siempre cae sobre la cama). Esta vez, al menos, zafé de cambiar toda la ropa de cama. Entonces vamos al baño, a limpiarla, y arremetemos de nuevo. Una-dos-tres, va la primera cuchara. Pero faltan cuatro más, para completar los cinco mililitros (¿por qué no viene más concentrado? Malditos laboratorios, ¿no piensan en los esfuerzos sobrehumanos que hacemos las madres para que tomen esta porquería que ellos preparan?). 

Son las cinco de la mañana. Lo logramos. Se lo dimos. Entre llanto, felicitaciones, muy bien, muy bien, falta poco, tomá más agua, sólo una más. Lo traga. Terminamos. Pero esto, en realidad, no concluye ahí. Ser una buena madre significa seguir, al menos por una media hora más, colocando pañitos fríos sobre la frente hasta que la fiebre ceda. Y, si esto no resulta, llenar la bañera -sí, a las cuatro, cinco o seis de la mañana- y hacerla jugar bajo el agua tibia durante al menos veinte minutos. Y después dejarla dormir en tu cuarto y vigilarla cada tanto, durante toda la noche, mientras intentás descansar algo, incómoda, siempre al borde de caer de la cama, porque ella ocupa tu lugar y tu almohada.

Estoy rendida. Obviamente, todo lo que tenía que hacer hoy, cancelado. Sólo quiero dormir, dormir y dormir. Pero seguramente hoy tampoco sea un día fácil. Y, en la noche, probablemente tengamos otra escena a las tres o cuatro de la mañana. Sólo espero que no sea como la del año pasado, cuando tuvimos que llamar a la ambulancia por una convulsión por fiebre. O cuando tuvimos que salir corriendo a la guardia, también a la medianoche, para hacer unos estudios que, al final, resultaron innecesarios. Pensando en todo eso, pasar la noche en vela embarcada en la misión remedio, al fin y al cabo, no parece tan malo. Sólo faltan unos tres o cuatro días más, como mucho una semana. Ya pasará. Y de vuelta a la rutina, satisfechas por nuestros sacrificios sobrehumanos, amaremos de nuevo haber elegido ser mamás.