miércoles, 26 de octubre de 2016
El secreto del platito y la tacita
Haciendo zapping, me topé con un documental norteamericano. BAG IT! se llamaba. Y hablaba, obviamente, de las bolsas de plástico y, por ende, de la ecología. Hay muchas cosas que ya sabemos: por ejemplo, el daño ambiental que hacen algunos plásticos que usamos tan sólo unos minutos -como el tiempo que tardamos en ir del súper a casa- pero que permanecerán en la tierra por millones de años. Claramente, no tiene lógica alguna que hayamos creado cosas tan duraderas para necesidades tan efímeras.
Pero si de todo esto todos ya hemos escuchado un poco, en un momento, el documental dio un viraje hacia otra problemática de la cual ahora no puedo desembarazarme: ¿Y qué pasa con todos esos plásticos que consumimos, en vasos, platos, tuppers, recipientes y envoltorios de toda clase que son los contenedores de nuestros alimentos cotidianos? ¿Qué pasa cuando esos plásticos tocan nuestra comida? ¿Nos contaminamos? Con toda esta intro, imaginarán la respuesta: ¡sí! O para ser precisos: en muchos casos, estamos consumiendo toxinas que se desprenden de esos recipientes.
Y de pronto, ante mí -que ya estoy bastante obsesionada con la alimentación saludable, libre de todo tipo de químicos (ya escribí otra entrada de blog al respecto)- de golpe ¡BUM!: otra bomba, que no había calculado. Ahora no sólo hay que cuidarse de los alimentos, sino ¡¡¡de los recipientes en los que vienen los alimentos!!! E incluso más: porque -he aquí el problema- también hemos de cuidarnos de la vajilla plástica que tenemos en casa y principalmente usan -obvio- ¡LAS NENAS!
Así que, sin importar que ya eran las doce de la noche y que tenía que irme a la cama, empecé a revolver toda la cocina, sacando tuppers, revisando vasitos con motivos infantiles, mirando a trasluz y con esfuerzo cada marca ubicada debajo de cada recipiente. Con Google en mano, pude llegar a varias conclusiones, que aquí les resumo: debajo de cada objeto plástico generalmente hay un número o una sigla (o las dos cosas) que se encuentran dentro de un pequeño triángulo. Hagan la prueba, miren en la parte inferior de una botella de agua, por ejemplo. Van a ver un número 1 y la sigla PET. Hay siete tipos de plásticos y, ahora amigos, pueden tomar dos caminos: ignorarlos y seguir como antes -ojos que no ven, corazón que no siente-, o revisar conmigo y separar algunas cosas, especialmente si las usan los chicos.
Según varios estudios y organizaciones internacionales (me fijé de chequear varias fuentes, tampoco se trata de ser alarmistas), no todos los plásticos son iguales. Algunos son seguros de usar (no tóxicos), otros tienen un riesgo medio y otros son altamente tóxicos porque desprenden sustancias que, si las googlean, van a ver la cantidad de cosas que producen en el ser humano (entre ellas, el famoso Trastorno Generalizado del Desarrollo -o TGD. ¿Pura coincidencia que hoy en día haya una gran cantidad de niños con esta problemática que, en la época de nuestros padres y abuelos, no se escuchaba?). En resumen, la cosa es así:
1- PET, como las botellas de agua, es de RIESGO MEDIO/BAJO (si se usan una sola vez)
2- HDPE, que se encuentra en las botellas blancas de leche o potes de yoghurt, ES SEGURO de usar.
3- PVC, en films transparentes o condimentos en botella, es de RIESGO ALTO.
4-LDPE, que está en las típicas bolsas transparentes en donde ponemos la verdura en el súper, NO TIENE RIESGOS.
5- PP, material con la que está hecha buena parte de la vajilla plástica y tuppers que usamos en casa, también ES SEGURA.
6- PS, que es de lo que están hechas las bandejas de la carne o esa vajilla espumosa que se usa en los cumpleaños, se debe EVITAR (sobre todo si ponemos café caliente en una de esas tacitas).
7- Aquí entra una amplia lista de otros materiales. Pero si aparecen las siglas PC, ¡ojo!, es RIESGOSO, porque el policarbonato (ese plástico duro y muy transparente al que normalmente confundimos con acrílico) desprende BPA.
O sea: 1, 2, 4 y 5, permitidos. 3, 6 y 7 prohibidos (por los que defendemos nuestra salud, no por el Estado que de todas maneras permite su uso).
Les cuento mi resultado: tiré seis tazas de niños, de esas que tienen estampas de Disney; separé todo mi juego de vasos de policarbonato (son hermosos, esos estilo retro de colores, pero ¡fuera sea ha dicho!) y me deshice de un juego de platos de plástico que, al no tener indicación, me parecieron de dudosa procedencia. Y me quedé tranquila de que la mayoría de los tuppers y recipientes para microondas son categoría 5 (de todas formas, los especialistas recomiendan no meterlos ni en el micro ni en el lavaplatos, a pesar de estar "habilitados"). Como ya sabía, las mamaderas que usamos en casa no tienen riesgos (tienen que buscar las que dicen BPA FREE y SIN FTALATOS; hoy en día la mayoría de las marcas importantes lo indican en el packaging, pues durante mucho tiempo quienes más se contaminaron fueron...¡los bebés!).
En fin, limpieza hecha, conciencia tranquila. Y ahora a entrenar a las niñas para que coman en platos de loza y tomen en vasos de vidrio. O a recorrer bazares en busca de nueva vajilla, plástica, pero sin riesgos. Así soy, impulsiva y fundamentalista, cuando de la salud se trata. Espero que muchos de ustedes también se sumen a la campaña contra la vajilla tóxica. Que no nos ganen los hábitos de este mundo corporativo, consumista y descartable.
domingo, 16 de octubre de 2016
Porque soy tu madre ¡y punto!
Entre tanto spam meloso que circula por las redes sociales con motivo del Día de la Madre, me llamó la atención un videíto casero que un adolescente armó, ensartándose la peluca rubia para imitar a su (o cualquier) mamá y enunciar un sinfín de frases que todos -como hijos- hemos escuchado una y otra vez. Ahora, estando del otro lado -del de las madres, claro-, la cosa se ve distinta porque -por supuesto, me hago cargo- algunas de ellas yo también las he pronunciado. Que tire la primera piedra quien, siendo mamá, nunca utilizó algunas de estas célebres sentencias:
- "Cuando yo era chica..." o "Si en mi época yo hacía algo así..."
- "Esto no es un restaurant!" (o su versión para adolescentes, "¡Esto no es un hotel!")
- "Hay chicos que no tienen para comer y vos..." (estrategia para manipular al niño cuando se niega a comer).
- "¡Abrigate, que está fresco!" (un clásico antes de salir, aunque haga 25 grados)
- "A la una, a las dos, a las..."
- "Yo que te cambié los pañales..."
- "Ya voy NO. Ahoraaaaa...."
- "¿Cuántas veces tengo que repetir...?"
- "Porque lo digo yo que soy tu madre ¡y punto!"
¡Feliz día de la madre!
lunes, 10 de octubre de 2016
A soplar las velitas, mamá
Cuando los chicos cumplen años, nosotros cumplimos años como papás. Esta semana me toca a mí: ya van seis años desde que me convertí en mamá. ¡¿Cómo pasó tan rápido?! Y a la vez, ¡qué lejana que parece aquella otra vida que tenía antes de la maternidad!
Desde que mi primer hija llegó, cambió mi mundo: mi casa se convirtió en hogar y comencé a pasar casi todo mi tiempo en ella. Cambiaron mis horarios y rutinas, ahora regidas por la hora de entrada y salida del jardín. Se transformaron mis hábitos. Estrenamos la mesa del comedor diario, que nunca habíamos usado, porque con mi marido cenábamos en el living, sobre el sillón, mirando televisión. Cambiaron mis compras del súper y mi forma de cocinar: leí -y aún leo- todas las letras chicas de los paquetes, para ver cada uno de los ingredientes que contienen los alimentos. Nunca más pude ir al baño con la puerta cerrada y desde entonces siempre tuve público durante la ducha. Tampoco me importó sacar la teta en público para amamantar: el bebé y sus necesidades mandan. Nunca más me puse tacos; hacer equilibrio con un niño a upa es una disciplina casi circense que no me interesó practicar. Durante años abandoné las cremas y perfumes, para que la beba sintiera mi olor y, en pleno contacto con mi piel, no hubiera riesgos de reacciones alérgicas. Dejé de ir al shopping y a cualquier lugar cerrado por un año, para alejarme de los virus y otras enfermedades. Mis charlas con amigas se transformaron: los "chongos" dejaron paso a los hijos y ahora preferimos compartir las intimidades del parto o reírnos de las tetas que chorrean inoportunamente durante la lactancia. Yo que siempre dormí como una roca, me sorprendí a mí misma cuando me despertaba con un suave "ah" de mi bebé y corría a mirar si estaba bien. Si alguna vez había planeado llenar las paredes de mi hogar de arte moderno, ahora mis niñas se ocupan de eso y pegan sus dibujos por toda la casa. Dejé que los juguetes invadieran todos los espacios como una plaga imposible de dominar. Nunca más comí la parte más tierna de un churrasco, ésa siempre será "guardada" para ellas. Tampoco salí nunca más en una foto: en vacaciones, ellas son las protagonistas y yo la camarógrafa que las persigue en sus andanzas. Y -entre otros tantos "nunca más"- está el cine, al que hace años que no pisamos con mi marido: para nosotros un estreno es cualquier film de los noventa que aparezca como novedad en Netflix. Y si ellas están despiertas, veremos en familia -por enésima vez- Toy story. En el auto, el único CD que está permitido escuchar es el de Topa y Muni (ellas decretaron que no se puede cambiar, a pesar de que está ahí desde 2013). Ya no me compro ropa: si tengo un mango lo gasto siempre en ellas. Y -a pesar de que no soy católica- ¡compré un árbol de Navidad de dos metros de alto que ocupa todo mi living!
De todo esto me acuerdo en mi sexto aniversario como mamá. Todas estas pequeñas cosas que elegimos hacer para que nuestros chicos sean simplemente felices. Y no cambiaría nada. Ni siquiera el exagerado árbol de Navidad. Después de todo, todas esas pequeñas cosas fueron lo más importante que me sucedió en los últimos seis años. Como solía decir mi suegro, los hijos te llenan la vida. Gran verdad. ¡Feliz cumpleaños mi chiquita!
lunes, 19 de septiembre de 2016
Egresaditos...¡que fantástica fantástica esta fiesta!
¿Quién, entre los que tenemos más de treinta años, se acuerda de haber tenido una fiesta de egresados en el prescolar? ¿Quién recuerda a su maestra de salita de cinco? ¿Y a los compañeros (ojo, no vale si fueron los mismos de la primaria)? ¿Quién se acuerda algo del jardín de infantes, más que de ese enorme patio, los juegos, el arenero, y -como mucho- ese aroma a mate cocido que inundaba la tarde?
Repitan conmigo: nadie. Sin embargo, treinta años más tarde, los chicos de salita verde -gracias a sus mamás a las que les encanta complicar las cosas cada vez más y se entrometen por donde pueden en la vida escolar- tendrán su primer fiestón a los cinco años. No bastó con hacer la remera de egresados, para que la luzcan aquellos que no pueden ni pronunciar esa palabra (para mi hija, son los "regresados"). No señor. Hoy en día, no puede faltar la esperadísima Fiesta de Egresaditos, la cual pocos de nuestros chicos realmente recordarán, pero es sin duda necesaria para que las madres -valium de por medio- transiten esta dura etapa que significa dejar que ese pollito del jardincito crezca para convertirse en alumno de primaria. Evento entre histriónico y melancólico, que combina la histeria del pelotero con el lagrimón piantado cuando aparece el video casero que exhibe fotos de los chicos desde que usaban pañales, así se despide hoy el jardín de infantes.
Claro que tremenda fiestita nunca es gratis. Más bien, implica un número para cada familia. Pero no importa: parecería que todos coinciden en que hay que gastar lo más posible para los Egresaditos. Si alguna mamá ofrece una casa para que la cosa salga más económica, todas las demás -luego de obvios agradecimientos- encontrarán las escusas perfectas para rechazarla y elegir, en cambio, la opción más "completa" (léase, carísima). Así es la tiranía de la democracia dentro del grupo escolar. Se vota y no importa si podés o no pagar.
Ahora a planear la gran fiesta gran. Seguramente vas a almorzar pizza o panchos, pero por ese menú cualquiera de los saloncitos infantiles te cobrará alrededor de 400 pesos por cabeza. En algunos colegios se invita no sólo a los padres sino también al abuelo, la abuela, el tío, el gato y el perro. Multipliquemos por veinte familias: estamos organizando una fiesta para 100 personas. Papi, poniendo una luquita por lo menos, para que el nene tenga su fiestita de prescolar. Y esto recién empieza. Falta la animación, los souvenirs, los gorritos de egresados y la mar en coche.
Pero, me dirán, ¿no lo disfrutarán los chicos? Claro que lo disfrutarán, como disfrutan de cualquier cumpleaños, con pelotero, animación, papas fritas, pancho y coca. ¿Y no lo disfrutaremos los adultos? Claro que lo disfrutaremos. Charlaremos de lo grandes que están nuestros nenes, haremos terapia de grupo consolando a las más deprimidas, nos confiaremos todos los chimentos que hemos escuchado sobre el primer grado. Y, por último, lloraremos un poquito hacia el final, emocionados por esta "etapa que termina". Pero me sigo preguntando si, para poder pasar a la próxima etapa, había que armar tanto show y espamento. Salón, animador, catering. ¿Qué pasó con el asadito en una casa, el encuentro en el club o el pic-nic en el parque? ¿A qué madre se lo ocurrió que todo eso ya no era viable para una despedida de chicos de cinco años? Seguramente, a ninguna. Pero poné a veinte madres juntas, y ahí se arma la cosa. Todo es plausible de ser imaginado y pergeñado en un (aparentemente inocente) grupito de Whatsapp.
sábado, 10 de septiembre de 2016
Mitos y verdades sobre cómo dejar el pañal
Hace 24 horas que mi beba dejó el pañal. Confieso que no me lo propuse, venía dilatando el tema hace rato. Sin embargo, ayer, cuando llegué al jardín para retirarla, las maestras me dieron la buena nueva: ¡Mami, sorpresaaaaa! ¡Está sin pañal! Sí, así. De sopetón. Se lo sacaron, nomás, sin preguntar. Ante esa situación, obviamente, me vi obligada a comenzar -antes de lo que yo me lo hubiera propuesto (¡todavía no es verano!)- la OPERACIÓN BOMBACHA.
Tengo que confesar que lo primero que uno hace, inexperta, ante estos momentos es googlear "cómo sacarle el pañal a mi bebé". Y ahí aparecen un montón de consejos en diez pasos, que dan la sensación de que el tema es ultrasencillo, fácil de resolver con un manualcito for dummies. Para las que aún no lo han intentado, tengo que decirles que NADA de todo eso funciona. Porque no depende de "mamá" -como plantean estos instructivos- sino especialmente de cada chico. Algunos proponen leer "las señales" que da el niño cuando está listo. Pero el problema es que esto no significa solamente que el nene pueda decir "caca". Estas "señales" pueden no ser muy claras, sobre todo porque cada chico tiene su manera de atravesar el asunto. En mi caso, puedo decir que la experiencia que tuve con mis dos nenas fue muy distinta. Que no pude seguir, con la segunda, el mismo método que resultó con la primera. Que, como ellas son distintas, necesitaron cosas diferentes para llegar a ese momento glorioso de ponerse la primer bombacha.
Recuerdo que, la primera vez, me había propuesto lograrlo un verano. Por supuesto, la nena no estaba lista. Se sentó un par de veces en la pelela y después no quiso saber más nada. Nueve meses más tarde, me pedía solita usar bombacha. Coqueta, quería estrenar una nueva de Minnie, y desde ese día en que se lo propuso, fue como un milagro: jamás se hizo encima. Es como si la ficha le hubiera caído, estaba completamente preparada y ella me lo hizo saber.
Para ese entonces, si me preguntaban, yo era una acérrima detractora de los pañales pull-up (esos que son como bombachitas, pero en pañal). Es que, si uno lo piensa, le dan al niño un mensaje confuso: ¿son como la ropa interior, pero me puedo hacer encima? ¿Cómo funciona eso? Andaba por la vida hablando mal de ellos, hasta que nació mi segunda hija, y en un momento decidió -literalmente- arrancarse el pañal. Tenía poco más de un año y no estaba lista para las lecciones en el baño. Más bien, usaba la pelela como un divertimento: se sentaba en ella para jugar, para luego hacerse encima. Así que -mordiéndome la lengua por todo lo que había dicho- fui directo a comprar los pull-ups, que le daban libertad para vestirse y desvestirse sola, y resultaron ser una buena solución para el verano, cuando ella quería practicar pero no estaba madura aún como para lograrlo. Inútil fue intentar e intentar, creyendo que ya era el momento sólo porque se encaprichó con no usar el pañal. No sirvió de nada llevar la pelela en la valija -nota al margen: ¡¿por qué las pelelas de ahora son gigantes, imposibles de transportar?!-, haciéndola volar cientos de kilómetros, para que ella "aprendiera" en las vacaciones. No lo hagan, no aprenderá sólo "porque es verano". Va a aprender cuando quiera, haga frío o calor, nos guste o no nos guste.
De todas las reglas, creo que hay una sola. No importa cuántas ganas tenga mamá. Sólo ellos saben cuándo lo van a logar. Y en ese momento, cuando están decididos, nos lo van a hacer saber. Y ahí hay que acompañar. Poner una bombacha o un calzoncillo antes de tiempo sólo puede embarrar más el terreno. De qué sirve volverse loca intentando llevarlo al baño, cuando él todavía ve al inodoro como Mr. Toilet Man (¿Se acuerdan del inodoro con ojos y dientes que asustaba al niño de Mira quién habla al grito de "GIVE ME THAT PEE PEE").
Y por eso temblaba, ayer, cuando las maestras -¡divinas!- decidieron que mi gorda no necesitaba el pañal y la dejaron en pantaloncito. ¿Estará 100% lista? Lo menos que quería era empezar con esa inútil serie de avances y retrocesos. Por suerte, aunque tuvimos algún accidente, lo está logrando. Hoy hizo su primer caca en el inodoro -¡aplausos y festejos!-, pero antes hubo que convencerla un buen rato para que abandonara el rincón donde siempre se apuntalaba para hacer a escondidas. Temblé por un segundo, pero por suerte accedió y lo logró en el baño. Lo que queda, en los próximos días, es bastante trabajo, preguntar y repreguntar a cada minuto si tiene ganas, visitar todos los baños de cada lugar a donde vamos... En fin, parte de la rutina de decirle chau a nuestro viejo amigo el pañal. Pero, cuando ellos están verdaderamente comprometidos, hacerlo es un festejo y no un tormento. O al menos así debería ser, no sólo para el chico sino para nosotras, las mamás, que naturalmente pecamos de ansiedad.
miércoles, 24 de agosto de 2016
Se viene el Día del Maestro. Algunas reflexiones sobre el regalo colectivo (y carísimo)
Todo empezó con una manzana lustrada. Ésa que quizás, nuestros abuelos, llevaron un día al colegio para entregarla, orgullosos, a su maestra. La manzana resume metafóricamente lo que el regalo del Día del Maestro significa. O debería significar. Porque, varias generaciones más tarde, no estoy segura de que los chicos de hoy recreen, con los sofisticados regalos grupales, esas sensaciones de orgullo y cariño que producía la simple pero dulce manzana.
Y no es una cuestión de dinero. No es porque la manzana cueste dos pesos y el regalo colectivo probablemente, mil. Ni siquiera estoy hablando de la imposición -casi divina- de aportar a la colecta con un número fijo (preestablecido andá a saber por quién), sin ser previamente consultado respecto de si está dentro de las posibilidades económicas personales (imposición que si no cumples, recaerá sobre tu hijo como una maldición, porque de ahí en más perderá la "membresía" de pertenencia al grupo). Ése es otro tema. Me refiero, más bien, a que -con las prácticas que las mamás modernas instalaron como una tradición inviolable en los colegios- los chicos se pierden de muchas cosas que nosotros vivimos cuando íbamos a la escuela. Paso a dar ejemplos.
Cuando el regalo era individual, había que ir a elegirlo con mamá. Uno podía idear con cuidado qué le compraría a su maestra, pensar opciones, imaginar lo que a ella más le habría gustado. Qué le importa a mi hija, de cinco años, la cartera de Prune y la remera de Wanama que eligieron, obviamente, los adultos. Para ella, seguramente, tiene mucho más valor una cajita de bon-o-bon, envuelta por ella misma y acompañada por una tarjeta casera, preparada con cariño un domingo a la tarde. Y, después, está el momento de la entrega. Es muy emotivo verla a ella preocuparse por llevar el regalito intacto, cuidándolo desde que sale de casa hasta que llega a la escuela, afanosa de su hazaña y lista para ser recibida por su maestra con una enorme sonrisa de agradecimiento. Un momento lleno de orgullo, similar al que seguramente tuvo alguna vez mi abuela cuando llevó su manzana lustrada. Un obsequio que dice a gritos "maestra, te quiero, y por eso preparé -¡yo misma!- este regalo tan especial para vos".
Cuando el regalo era individual, había que ir a elegirlo con mamá. Uno podía idear con cuidado qué le compraría a su maestra, pensar opciones, imaginar lo que a ella más le habría gustado. Qué le importa a mi hija, de cinco años, la cartera de Prune y la remera de Wanama que eligieron, obviamente, los adultos. Para ella, seguramente, tiene mucho más valor una cajita de bon-o-bon, envuelta por ella misma y acompañada por una tarjeta casera, preparada con cariño un domingo a la tarde. Y, después, está el momento de la entrega. Es muy emotivo verla a ella preocuparse por llevar el regalito intacto, cuidándolo desde que sale de casa hasta que llega a la escuela, afanosa de su hazaña y lista para ser recibida por su maestra con una enorme sonrisa de agradecimiento. Un momento lleno de orgullo, similar al que seguramente tuvo alguna vez mi abuela cuando llevó su manzana lustrada. Un obsequio que dice a gritos "maestra, te quiero, y por eso preparé -¡yo misma!- este regalo tan especial para vos".
Yo entiendo que, hoy, las maestras prefieran recibir mil pesos en una tarjeta Falabella, lista para salir de shopping sin condicionamientos. No voy a ponerme en contra de las nuevas costumbres, ni menos aún -Dios no lo permita- ¡en contra de los grupos de madres! Entiendo que juntar plata es más práctico. Que resuelve el problema para las mamás superocupadas. Que el regalo (caro) suele ser bien valorado por las docentes, injustamente castigadas con malos sueldos. Pero, en algún lugar, sigo añorando esa vieja costumbre de la manzana lustrada. Del obsequio pequeño pero personalizado. De la preparación previa y casera, con tarjetas hechas de brillantina y papel glasé. De la emoción de entregarlo personalmente. Del orgullo de haberlo elegido con esmero. Me pregunto, ¿cuánto del cariño de los chicos se expresa en una cartera Prune de 850 pesos? ¿Cómo viven los chicos de hoy ese momento, otrora mágico, cuando a veces -a los 3 o 4 años- ni siquiera entienden que ese presente (al que ven por primera vez cuando la maestra lo está abriendo) es de parte de ellos?
Y, por último, me pregunto también si el regalo del Día del Maestro ha dejado de ser una sencilla expresión de amor por parte del niño hacia su seño, como lo fue tradicionalmente, para transformarse en una soberbia muestra de agradecimiento de nosotros, los padres, hacia las docentes -a las que obviamente valoramos por todo el enorme esfuerzo que hacen diariamente por nuestros hijos. Un regalo hecho por adultos para otros adultos. Un reconocimiento válido, por supuesto, pero en el que los chicos ya nada tienen que ver.
miércoles, 17 de agosto de 2016
La historia según la escuela, redonda y color de rosa
La escuela nos ha contado la historia a su manera. Y lo sigue haciendo. Hoy se conmemora la muerte del General San Martín y, en la escuela, no dejan de hablar del amor del prócer por Remedios (sí, chicos, se llamaba Remedios, ¡no Antibiótico como sugirió hoy un nene a la maestra!).
Es curioso que la versión para jardín de infantes de la vida de San Martín se centre tanto en esa relación conyugal y no en la enormidad de hazañas de guerra que tuvo que llevar adelante el pobre José para liberar a la Argentina y dos pueblos más. Pido disculpas pero, primero, quiero despacharme respecto de lo que pienso de los actos patrios en los jardines de infantes -especialmente cuando los nenes están en salita de dos, como mi hija. Y sí, lo digo: me parece una inútil pérdida de tiempo para todos; para los grandes -obligados a buscar escusas en el trabajo cada dos por tres-, y para los chicos, que aún no tienen la capacidad de comprender las efemérides, ni pensar en un tiempo pasado, si a los dos o tres años ni siquiera distinguen entre el ayer y la semana pasada. ¿Qué sentido tiene entonces que le cuenten lo que significó hace doscientos años que un señor cruzara los Andes con razones político-ideológicas para luchar contra un gobierno monárquico que nos gobernaba desde otro continente? Es muy pronto, ya habrá tiempo para eso. Gracias que, por el momento, la mía entiende que cuando se canta hay que pararse, cuando se termina de cantar hay que sentarse y cuando todos aplauden, hay que aplaudir bien fuerte. Eso ya es mucho para los dos años, ya que la mayoría no hace ni eso y otros son perseguidos por las maestras mientras se dispersan por ahí o lloran cuando ven a sus mamás a lo lejos. Por otra parte, si ya festejamos el 25 de mayo, el 20 de junio y el 9 de julio -fechas más alusivas a la patria y a todos sus símbolos- celebrar en el jardín la muerte del General (¡Sí, la muerteeee!, ¡¡¡¿cómo le explico qué es la muerte y por qué si es triste estamos festejando?!!!) ya me parece que roza lo ridículo. Pero el estado lo demanda y las seños le ponen buena voluntad y arman todo el zafarrancho.
Volviendo al tema de Remedios, José y Merceditas, hoy en el acto parecía que la historia del General se sostenía principalmente por esa perfecta familia tipo que había formado junto a una mujer a la que -obviamente- amaba. Lo de los Andes lo contaron rapidito, pero un buen rato le dedicaron al casamiento, el amor, el nacimiento de la hijita. Mientras la maestra no cesaba de reforzar con bellas palabras lo que José sentía por Remedios, yo sólo pensaba: ¿por qué hay que mentirles así a los chicos? San Martín fue importante para la historia nacional, y punto. Fue importante porque fue un estratega político y de guerra, y punto. Fue importante por lo que hizo en el plano público, y punto. Su vida privada no debería interesar. Y si quieren contarla, ¿por qué tergiversarla? ¿Por qué decir que fue un buen padre, si fue un pésimo papá que se alejó de su única hija durante años? ¿Por qué no decir que se casó con Remedios, una nena de 14 años (él ya tenía 34), sólo por conveniencia, porque ella pertenecía a una familia de gran prestigio social y solvencia económica, justo lo que él necesitaba para "entrar" en la sociedad porteña -a su regreso de Europa- y llevar adelante su propia agenda política? ¿Por qué no decir que en la primera de cambio la abandonó en Buenos Aires para irse a vivir a Mendoza, donde residió durante muchísimos años junto a otra mujer? La verdad es que San Martín fue un pésimo hombre en la intimidad. Fue un grande de la patria, pero no buen marido para Remedios, ni un buen padre para Mercedes. Ni siquiera fue a visitar a su esposa en su lecho de muerte. No lo juzgo. Todo lo contrario. De hecho lo considero uno de los mejores próceres, por la labor que realizó en pos de la construcción de lo que hoy es nuestro estado nacional. Pero pensar que por ello hay que inventarle una biografía color de rosa, ATP, con la familia tipo y el comieron perdices incluido, no señores, tampoco la pavada.
No hay necesidad de decirles a los chicos todas esas cosas. San Martín no será menos prócer, ni menos Libertador de América, por haber sido un mal marido y haber tenido varias amantes. Dejen que los chicos crezcan para comprender su hazaña, estudiar su (verdadera) vida, y después juzgarlo. ¿Por qué la escuela se ensaña en seguir narrando la historia política nacional como un cuento de hadas? ¿Por qué a cada paso les tenemos que mostrar modelos de felicidad conyugal y familias convencionales, cuando vivimos en una sociedad en donde la familia tipo ya no es el único modelo de familia? Y, principalmente, ¿por qué les tenemos que mentir a los chicos para que "entiendan" la historia? ¿No hay otra forma de armar un relato acorde a la edad de la audiencia sin tergiversar los hechos históricos? ¿Es que el padre de la patria tiene que ser retratado, sí o sí, como el mejor padre del mundo? Se los dejo para pensar.
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